viernes, 20 de abril de 2018

El valor de la PALABRA

Las Palabras Violadas

Julio Cortázar

Charla pronunciada en el centro cultural La Villa de Madrid en 1981

Si algo sabemos los escritores es que las palabras pueden llegar a cansarse y a enfermarse, como se cansan y se enferman los hombres o los caballos. Hay palabras que a fuerza de ser repetidas, y muchas veces mal empleadas, terminan por agotarse, por perder poco a poco su vitalidad. En vez de brotar de las bocas o de la escritura como lo que fueron alguna vez, flechas de la comunicación, pájaros del pensamiento y de la sensibilidad, las vemos o las oímos caer corno piedras opacas, empezamos a no recibir de lleno su mensaje, o a percibir solamente una faceta de su contenido, a sentirlas corno monedas gastadas, a perderlas cada vez más como signos vivos y a servirnos de ellas como pañuelos de bolsillo, como zapatos usados. Los que asistimos a reuniones como ésta sabemos que hay palabras-clave, palabras-cumbre que condensan nuestras ideas, nuestras esperanzas y nuestras decisiones, y que deberían brillar como estrellas mentales cada vez que se las pronuncia. Sabemos muy bien
cuales son esas palabras en las que se centran tantas obligaciones y tantos deseos: libertad, dignidad, derechos humanos, pueblo, justicia social, democracia, entre muchas otras. Y ahí están otra vez esta noche, aquí las estamos diciendo porque debemos decirlas, porque ellas aglutinan una inmensa carga positiva sin la cual nuestra vida tal como la entendemos no tendría el menor sentido, ni como individuos ni como pueblos. Aquí están otra vez esas palabras, las estamos diciendo, las estamos escuchando Pero en algunos de nosotros, acaso porque tenemos un contacto más obligado con el idioma que es nuestra herramienta estética de trabajo, se abre paso un sentimiento de inquietud, un temor que sería más fácil callar en el entusiasmo y la fe del momento, pero que no debe ser callado cuando se lo siente con fuerza y con la angustia con que a mí me ocurre sentirlo. Una vez más, como en tantas reuniones, coloquios, mesas redondas, tribunales y comisiones, surgen entre nosotros
palabras cuya necesaria repetición es prueba de su importancia; pero a la vez se diría que esa reiteración las está como limando, desgastando, apagando. Digo: "libertad" digo: "democracia", y de pronto siento que he dicho esas palabras sin haberme planteado una vez más su sentido más hondo, su mensaje más agudo, y siento también que muchos de los que las escuchan las están recibiendo a su vez como algo que amenaza convertirse en un estereotipo, en un clisé sobre el cual todo el mundo está de acuerdo porque ésa es la naturaleza misma del clisé y del estereotipo: anteponer un lugar común a una vivencia, una convención a una reflexión, una piedra opaca a un pájaro vivo. ¿Con qué derecho digo aquí estas cosas? Con el simple derecho de alguien que ve en el habla el punto más alto que haya escalado el hombre buscando saciar su sed de conocimiento y de comunicación, es decir, de avanzar positivamente en la historia como ente social, y de ahondar como individuo en el contacto con
sus semejantes. Sin la palabra no habría historia y tampoco habría amor; seriamos, como el resto de los animales, mera sexualidad. El habla nos une como parejas, como sociedades, como pueblos. Hablamos porque somos, pero somos porque hablamos. Y es entonces que en las encrucijadas críticas, en los enfrentamientos de la luz contra la tiniebla, de la razón contra la brutalidad, de la democracia contra el fascismo, el habla asume un valor supremo del que no siempre nos damos plena cuenta. Ese valor, que debería ser nuestra fuerza diurna frente a las acometidas de la fuerza nocturna, ese valor que nos mostraría con una máxima claridad el camino frente a los laberintos y las trampas que nos tiende el enemigo, ese valor del habla lo manejamos a veces como quien pone en marcha su automóvil o sube la escalera de su casa, mecánicamente, casi sin pensar, dándolo por sentado y por valido, descontando que la libertad es la libertad y la justicia es la justicia, así tal cual y sin más,
como el cigarrillo que ofrecemos o que nos ofrecen. Hoy, en que tanto en España como en muchos países del mundo se juega una vez más el destino de los pueblos frente al resurgimiento de las pulsiones más negativas de la especie, yo siento que no siempre hacemos el esfuerzo necesario para definirnos inequívocamente en el plano de la comunicación verbal, para sentirnos seguros de las bases profundas de nuestras convicciones y de nuestras conductas sociales y políticas. Y eso puede llevarnos en muchos casos sin conocer a fondo el terreno donde se libra la batalla y donde debemos ganarla. Seguimos dejando que esas palabras que transmiten nuestras
consignas, nuestras opciones y nuestras conductas, se desgasten y se fatiguen a fuerza de repetirse dentro de moldes avejentados, de retóricas que inflaman la pasión y la buena voluntad pero que no incitan a la reflexión creadora, al avance en profundidad de la inteligencia, a las tomas de posición que signifiquen un verdadero paso
adelante en la búsqueda de nuestro futuro. Todo esto sería acaso menos grave si frente a nosotros no estuvieran aquellos que, tanto en el plano del idioma como en el de los hechos, intentan todo lo posible para imponernos una concepción de vida, del estado, de la sociedad y del individuo basado en el desprecio elitista, en la discriminación por razones raciales y económicas, en la conquista de un poder omnímodo por todos los medios a su alcance, desde la destrucción física de pueblos enteros hasta el sojuzgamiento de aquellos grupos humanos que ellos destinan a la explotación económica y a la alienación individual. Si algo distingue al fascismo y al imperialismo como técnicas de infiltración es precisamente su empleo tendencioso del lenguaje, su manejo de servirse de los mismo conceptos que estamos utilizando aquí esta noche para alterar y viciar su sentido más profundo y proponerlos como consignas de su ideología. Palabras como patria, libertad y civilización saltan como conejos en todos sus discursos, en todos sus artículos periodísticos. Pero para ellos la patria es una plaza fuerte destinada por definición a menospreciar y a amenazar a cualquier otra patria que no esté dispuesta a marchar de su lado en el desfile de los pasos de ganso. Para ellos la libertad es su libertad, la de una minoría entronizada y todopoderosa, sostenida ciegamente por masas altamente masificadas. Para ellos la civilización es el estancamiento en un conformismo permanente, en una obediencia incondicional. Y es entonces que nuestra excesiva confianza en el valor positivo que para nosotros tienen esos términos puede colocarnos en desventaja frente a ese uso diabólico del lenguaje. Por la muy simple razón de que nuestros enemigos han mostrado sus capacidad de insinuar, de introducir paso a paso un vocabulario que se presta como ninguno al engaño, y si por nuestra parte no damos al habla su sentido más auténtico y verdadero, puede llegar el momento en que ya no se
vea con la suficiente claridad la diferencia esencial entre nuestros valores políticos y sociales y los de aquellos que presentan sus doctrinas vestidas con prendas parecidas; puede llegar el día en que el uso reiterado de las mismas palabras por unos y por otros no deje ver ya la diferencia esencial de sentido que hay en términos tales como individuo, como justicia social, corno derechos humanos, según que sean dichos por nosotros o por cualquier demagogo del imperialismo o del fascismo. Hubo un tiempo, sin embargo, en que las cosas no fueron así. Basta mirar hacia atrás en la historia para asistir al nacimiento de esas palabras en su forma más pura, para asentir su temblor matinal en los labios de tantos visionarios, de tantos filósofos, de tantos poetas. Y eso, que era expresión de utopía o de ideal en sus bocas y en sus escritos, habría de llenarse de ardiente vida cuando una primera y fabulosa convulsión popular las volvió realidad en el estallido de la Revolución Francesa. Hablar de libertad, de igualdad y de fraternidad dejó entonces de ser una abstracción del deseo para entrar de lleno en la dialéctica cotidiana de la historia vivida. Y a pesar de las contrarrevoluciones, de las traiciones profundas que habrían de encarnarse en figuras como la de Napoleón Bonaparte y de las de tantos otros, esas palabras conservaron su sabor más humano, su mensaje más acuciante que despertó a otros pueblos, que acompañó el nacimiento de las democracias y la liberación de tantos países oprimidos a lo largo del siglo XIX y la primera mitad del nuestro. Esas palabras no estaban ni enfermas ni cansadas, a pesar de que poco a poco los intereses de una burguesía egoísta y despiadada empezaba a recuperarlas para sus propios fines, que eran y son el engaño, el lavado de cerebros ingenuos o ignorantes, el espejismo de las falsas democracias como lo estamos viendo en la mayoría de los países industrializados que continúan decididos a imponer su ley y sus
métodos a la totalidad del planeta. Poco a poco esas palabras se viciaron, se enfermaron a fuerza de ser viciadas por las peores demagogias del lenguaje dominante. Y nosotros, que las amamos porque en ellas alienta nuestra verdad, nuestra esperanza y nuestra lucha, seguimos diciéndolas porque las necesitamos, porque son las que deben expresar y transmitir nuestros valores positivos, nuestras normas de vida y nuestras consignas de combate. Las decimos, si, y es necesario y hermoso que así sea; pero ¿hemos sido capaces de mirarlas de frente, de ahondar en su significado, de despojarlas de la adherencias, de falsedad, de distorsión y de superficialidad con que nos han llegado después de un itinerario histórico que muchas veces las ha entregado y las entrega a los peores usos de la propaganda y la mentira? Un ejemplo entre muchos puede mostrar la cínica deformación del lenguaje por parte de los opresores de los pueblos. A lo largo de la segunda guerra mundial, yo escuchaba
desde mi país, la Argentina, las transmisiones radiales por ondas cortas de los aliados y de los nazis. Recuerdo, con asco que el tiempo no ha hecho más que multiplicar, que las noticias difundidas por la radio de Hitler comenzaban cada vez con esta frase: Aquí Alemania, defensora de la cultura». Si, ustedes me han oído bien, sobre todo ustedes los mas jóvenes para quienes esa época es ya apenas una página en el manual de historia. Cada noche la voz repetía la misma frase: .Alemania, defensora de la cultura». La repetía mientras millones de judíos eran exterminados en los campos de concentración, la repetía mientras los teóricos hitleristas proclamaban sus teorías sobre la primacía de los arios puros y su desprecio por todo el resto de la humanidad considerada como inferior. La palabra cultura, que concentra en su infinito contenido la definición más alta del ser humano, era presentada como un valor que el hitlerismo pretendía defender con sus divisiones blindadas,
quemando libros en inmensas piras, condenando las formas más audaces y hermosas del arte moderno, masificando el pensamiento y la sensibilidad de enormes multitudes. Eso sucedía en los años cuarenta, pero la distorsión del lenguaje es todavía peor en nuestros tilas, cuando la sofisticación de los medios de comunicación la vuelve aún más eficaz y peligrosa puesto que ahora ataca los últimos umbrales de la vida individual, y debido a los canales de la televisión o las ondas radiales puede invadir y fascinar a quienes no siempre son capaces de reconocer sus verdaderas intenciones. Mi propio país, la Argentina, proporciona hoy otro ejemplo de esta colonización de la inteligencia por deformación de las palabras. En momentos en que diversas comisiones internacionales investigaban las denuncias sobre los::miles y miles de desaparecidos en el país, y daban a.. conocer informes aplastantes donde todas las formas de violación de derechos humanas aparecían probadas y documentadas; la junta militar organizó una propaganda basada en el siguiente slogan: «Los argentinos somos derechos y humanos». Así, esos dos términos indisolublemente ligados desde la Revolución Francesa y en nuestros días por la Declaración de las Naciones Unidas, fueron insidiosamente separados, y la noción de derecho pasó a tomar un sentido totalmente disociado de su significación ética, jurídica y política para convertirse en el elogio demagógico de una supuesta manera de ser de los argentinos. Véase como el mecanismo de ese sofisma se vales de las mismas palabras: como somos derechos y humanos, nadie puede pretender que hemos violado los derechos humanos. Y todo el mundo puede irse a la cama en paz. Pero acaso no haya en estos momentos una utilización mas insidiosa del habla que la utilizada por el imperialismo norteamericano para convencer a su propio pueblo y a los de sus aliados europeos de que es necesario sofocar de cualquier manera la lucha revolucionaria en El Salvador. Para
empezar se escamotea el termino «revolución«, a fin de negar el sentido esencial de la larga y dura lucha del pueblo salvadoreño por su libertad -otro término que es cuidadosamente eliminado-; todo se reduce así a lo que se califica de enfrentamientos entre grupos de ultraderecha y de ultraizquierda (estos últimos denominados siempre como «marxistas«), en medio de los cuales la junta de gobierno aparece como agente de moderación y de estabilidad que es necesario proteger a toda costa. La consecuencia de este enfoque verbal totalmente falseado tiene por objeto convencer a la población norteamericana de que frente a toda situación política inesperada como inestable en los países vecinos, el deber de los Estados Unidos es defender la democracia dentro y fuera de sus fronteras, con lo cual ya tenemos bien instalada la palabra «democracia en un contexto con el que naturalmente no tiene nada que ver. Y así podíamos seguir pasando revista al doble juego de escamoteos y de
tergiversaciones verbales que como se puede comprobar cien veces, golpea a las puertas de nuestro propio discurso político con las armas de la televisión, de la prensa y del cine, para ir generando una confusión mental progresiva, un desgaste de valores, una lenta enfermedad del habla, una fatiga contra la que no siempre luchamos como deberíamos hacerlo. ¿Pero en qué consiste ese deber? Detrás de cada palabra está presente el hombre como historia y como conciencia, y es en la naturaleza del hombre donde se hace necesario ahondar a la hora de asumir, de exponer y de defender nuestra concepción de la democracia y de la justicia social. Ese hombre que pronuncia tales palabras, ¿está bien seguro de que cuando habla de democracia abarca el conjunto de sus semejantes sin la menor restricción de tipo étnico, religioso o idiomático? Ese hombre que habla de libertad, ¿está seguro de que en su vida privada, en el terreno del matrimonio, de la sexualidad, de la paternidad o la
maternidad, está dispuesto a vivir sin privilegios atávicos, sin autoridad despótica, sin machismo y sin feminismo entendidos como recíproca sumisión de los sexos? Ese hombre que habla de derechos humanos, ¿está seguro de que sus derechos no benefician cómodamente de una cierta situación social o económica frente a otros hombres que carecen de los medios o la educación necesarios para tener conciencia de ellos y hacerlos valer? Es tiempo de decirlo: las hermosas palabras de nuestra lucha ideológica y política no se enferman y se fatigan por sí mismas, sino por el mal uso que les dan nuestros enemigos y que en muchas circunstancias les damos nosotros. Una crítica profunda de nuestra naturaleza, de nuestra manera de pensar, de sentir y de vivir, es la única posibilidad que tenemos de devolverle al habla su sentido más alto, limpiar esas palabras que tanto usamos sin acaso vivirlas desde adentro, sin practicarlas auténticamente desde adentro, sin ser responsables de cada una
de ellas desde lo más hondo de nuestro ser. Sólo así esos términos alcanzarán la fuerza que exigimos en ellos, sólo así serán nuestros y solamente nuestros. La tecnología le ha dado al hombre máquinas que lavan las ropas y la vajilla, que le devuelven el brillo y la pureza para su mejor uso. Es hora de pensar que cada uno de nosotros tiene una máquina mental de lavar, y que esa máquina es su inteligencia y su conciencia; con ella podemos y debemos lavar nuestro lenguaje político de tantas adherencias que lo debilitan. Sólo así lograremos que el futuro responda a nuestra esperanza y a nuestra acción, porque la historia es el hombre y se hace a su imagen y a su palabra.
La curiosa historia de las palabras

domingo, 1 de abril de 2018

Meditaciones sobre el gusto


BRUNEL DE NEUVILLE, Alfred A.   'NATURALEZA MUERTA'

Apuntes sobre el libro de Matias Bruera

BRUNEL DE NEUVILLE, Alfred A. 
Escuela Francesa 
1852-1941
"NATURALEZA MUERTA"
  • La frugalidad solo es posible para quien no tiene apetito, el lujo es incomprensible sin el hombre.
  • A través de la gastronomía, en tanto régimen, puede pensarse la conducta humana. Así como se legislan los vientres se ordenan las vidas de los hombres. La gastronomía se enraíza en el artificio. 
  • El gusto nace en la instauración de una falta. El hambre no puede participar de el ritual de búsqueda ante la falta como una constante, todo resulta exquisito y nada puede ser apreciado. 
  • ...Podemos inferir que la memoria, respecto del alma, es como el estomago respecto del cuerpo y que la alegría y la tristeza son dos manjares, uno dulce y otro amargo y así cuando aquellos se encomiendan a la memoria , es como cuando los manjares pasan al estomago, que allí se pueden guardar pero no comunicar su sabor. San Agustín, Confesiones, Madrid, Sarpe, 1985, pp. 257 a 8.
  • Todo exceso nos habla comúnmente de medidas, reglas o limites, aunque también de proporciones. Los excesos de la lengua son proporcionales a los excesos alimentarios y etílicos. La lengua se suelta animada por la comida y el vino. Los hombres han inventado siempre de regular sus vidas mediante leyes y costumbres, han buscado contener sus abusos lingüísticos y golosos, han procurado mixtificar la bebida y el habla, así como lo filosófico y lo patológico a través de la ese umbral que es la boca en donde se cruzan bebida, comida, palabra y amor.
  • Así como la mesa reúne, el gusto divide. Cada vida es tan individual como lo que el gusto posee de particular. Sino como explicar lo que la historia calla, pues sabemos que se basa en hechos, papeles, discursos pero no en las paladar ni en el contenido etílico de sus participantes.
  • "La muerte es algo terrible, cuya idea me asalta sobre todo después de haber comido" (Schwob, M. 1981 Las estiges del corazón doble, Barcelona, Montesinos)
  • Las analogías entre el alimento del cuerpo y el de la mente son múltiples y variadas. Así por ejemplo encontramos la ingestión, digestión o consumo de toda masa critica; "la sed de saber" o "el hambre de información", "devorar un libro" o "estar indigestados de datos". Las palabras son el alimento de la mente, la memoria y la imaginación nuestro apetito. 

domingo, 28 de enero de 2018

El exceso que esta de mas


Como hacer en nuestra cultura actual, que promueve el exceso de alimentos, para no caer en el abuso y el descontrol?

Vivimos en una sociedad consumista, movida por al cultura de la exageración y la gratificación inmediata. Cosa veo... cosa quiero... y la quiero ya!

Actualmente se promueve el individualismo y la consigna es "amarse a si mismo", la búsqueda de la autocomplaciencia, festejar, divertirse, celebrar, obtener el mayor placer posible. Así vale la pena vivir, o mejor decir nos sentimos vivos, le damos un sentido a nuestras vidas.

No es cuestión de postergar la satisfacción.  Seguir los mandatos de los medios de comunicación que nos dicen: Compren! Consuman! y Pidan mas! Es la apología al exceso; nuestro peligro ya no radica en la escasez o en el pasar hambre sino en la abundancia. Estamos siempre tentados a los abusos y el insistente dilema supone el buscar la fina brecha que impone el limite al exceso.

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Valeria Matzkin

domingo, 14 de enero de 2018

La crónica del diario La Nación
Ciclo de Encuentros y Reflexión Intramed



La alimentación ante el retroceso de la mesa social y el avance del picoteo individual.

Una nutricionista, una antropóloga, un sociólogo y una cheff debatieron sobre cómo lograr y mantener un peso saludable.

Cuando hablamos de comer, ¿todos entendemos lo mismo? ¿Por qué tenemos hambre y nos gusta lo que más engorda? ¿Cómo elegimos los alimentos? Estas fueron algunas de las preguntas que abordaron la nutricionista Mónica Katz, la antropóloga Patricia Aguirre, el sociólogo Matías Bruera y la cheff Narda Lepes durante un encuentro organizado por Intramed y La Nacion online el 4 de octubre.
"Comemos para nutrirnos, pero también para bajar el estrés, obtener placer y socializar con otros", señaló Mónica Katz, coordinadora del posgrado de Trastornos alimentarios de la Universidad Favaloro. Nuestro organismo está preparado para estresarnos frente a la falta de alimento. Este mecanismo de supervivencia nos salvó de morir de hambre en el pasado, y hoy se nos vuelve en contra.
"Al comer, transformamos la energía química de los alimentos en energía mecánica para movernos, eléctrica para pensar o enamorarnos y térmica para conservar la temperatura en 37 grados por más que afuera haya 2 o 40", explicó la nutricionista. Pero hay otras funciones del comer que van más allá de lo biológico y tienen que ver con los sistemas de recompensa en nuestro cerebro.
Comemos porque nos gusta y para calmar la ansiedad. El problema es que estamos en un mundo estresante, y con mucha comida a nuestro alcance. En el hipotálamo del cerebro tenemos todos los radares: estrés, aburrimiento, señales del medio que no reconocemos y nos hacen comer, y factores biológicos: los neuroquímicos como la leptina, la dopamina y otras sustancias.
Hoy se sabe por ejemplo, que los dulces y las grasas aumentan la dopamina en el núcleo accumbens del cerebro, por eso los hidratos de carbono son adictivos.
Por su parte, la antropóloga Patricia Aguirre alertó sobre "el peligro de la "gastroanomia": al revés de lo que pasó durante toda la historia de la humanidad, hoy no hay problema de disponibilidad de alimentos, sino de acceso. "Cada vez hay más alimentos industrializados y "creados para su difusión planetaria", por lo que terminamos comiendo Ocnis (objetos comestibles no identificados)", advirtió Aguirre.
"Son alimentos sin historia, y se redujo su diversidad: de las 400 variedades de papa, hoy sólo se cultivan cinco. La investigadora y autora del libro Ricos Flacos y Gordos Pobres, también alertó sobre "el retroceso de la mesa (familiar y comunitaria) y el avance del picoteo individual. Hace sólo 40 años, el patrón alimentario era bastante homogéneo en el país. Pero hoy está segmentado por el nivel de ingresos: ricos y pobres comen y tienen gustos diferentes: las familias de los estratos más bajos eligen alimentos "rendidores", mientras que los sectores de mayores ingresos prefieren alimentos light.
Señales contradictorias
El sociólogo Matías Bruera puntualizó sobre la construcción social que implica el comer. "El hombre se hizo humano cuando pasó de lo crudo (natural) a lo cocido (cultural), y con los utensilios logró enmascarar un acto puramente instintivo".
Por su parte, Narda Lepes aportó no sólo consejos, sino su experiencia como viajera e investigadora de las gastronomías del mundo: "Deberíamos imitar a los japoneses de la isla de Okinawa: sólo comen frutos de estación y lo hacen siempre en comunidad compartiendo las variedades de sus platos", dijo.
"Nosotros cada vez más solos, frente a la televisión y siempre lo mismo –agregó–. Nos quejamos del precio del tomate y no sabemos su estacionalidad. No deberíamos comprarlo en invierno."
En tanto, la nutricionista Mónica Katz señaló que hoy se están investigando cuáles son las señales ocultas del medio ambiente que nos incitan a comer: el grupo de amigos, la publicidad y los medios con sus mensajes contradictorios: por un lado muestran comidas y por el otro, estereotipos de belleza inalcanzables para la mayoría.
Estudios científicos muestran que se necesitan 19 alimentos diferentes por semana para no tener carencias de nutrientes. Además, toda dieta debe tener 50% de hidratos de carbono (legumbres, cereales, frutas, verduras). Porque si el cerebro no recibe lípidos y glucosa, dispara la sensación de hambre.
"El hipotálamo no sabe de dietas, si le faltan hidratos pone al organismo en sistema ahorro, para que consuma menos. Por eso las dietas hipocalóricas no sirven. Porque provocan hambre, y cuanto más rápidas son, más hacen perder músculo en lugar de grasa. Los nutricionistas deberíamos hacer un mea culpa porque hemos hambreado a mucha gente", concluyó la especialista.
María Naranjo
¿En qué gastamos la energía? 
60% gasto metabólico (para el funcionamiento de los órganos, sin movernos) 
10% termogénesis (para mantener la temperatura corporal) 
20% actividad física (caminar) y actividades físicas programada. 
10% NEAT (del inglés Non Exercice Activity Thermogenesis) son todos los movimientos que hago durante el día desde levantarse a cambiar el canal del televisor hasta moverse en la silla.

Lo que aconsejan los especialistas
Comer frutas y verduras de estación. Son más baratas y más frescas. 
Servirse porciones. No comprar un paquete grande de galletitas porque no pararemos hasta terminarlo. Los seres humanos somos completadores.
Comer en la mesa, y si es posible con familia o amigos. La alimentación es un acto social además de fisiológico.
 Recompensarse diariamente con algún alimento rico. Las prohibiciones sólo sirven para aumentar el deseo y ser incumplidas. La comida es la elección más importante y que más veces hacemos por día. Deberíamos prestarle mayor atención.


http://www.intramed.net/contenidover.asp?contenidoID=50359

jueves, 10 de agosto de 2017

Frases celebres

"Si abandono el pan, abandono la vida" Walt Whitman

"Cortar un pan es como abrir los ojos" Emily Dickinson

 "No hablemos de vida mietras neguemos el pan" Thomas Merton

"Y muchas veces vacias la copa en tu afan de llenarla" Friedrich Nietzsche

"Me indigesta mas una mentira que un pepino" Domingo Faustino Sarmiento


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Caravaggio Bacchus

lunes, 6 de marzo de 2017

Te comería a besos


¿Por qué nos queremos "comer" a nuestros hijos?


Mi suegra siempre dice una frase muy conocida y graciosa con respecto a los hijos: "Cuando son chiquitos, son divinos, ¡te los querés comer! Pero después crecen y de grandes, te preguntás: ¡¿por qué no me los habré comido?!".
La verdad es que muchos bebés y niños pequeños entran para mí en la categoría de "morfables". El mío particularmente tiene unos cachetes desproporcionadamente grandes y suavecitos que son una tentación para cualquiera. Si bien está claro que lo hacemos con cariño, son muchas las veces que nos arrebatan las ganas de morder, pellizcar o apretujar a un bebé. Y me quedo tranquila de que no soy la única a la que le pasa: hace unos años salió un estudio de la Universidad de Yale que explica que al parecer, es una respuesta común que se genera en nuestro cerebro frente a un estímulo que nos inspira mucha ternura. Sí, respondemos a la ternura con una especie de agresión controlada.
De hecho, muchas veces reaccionamos de maneras contradictorias frente a emociones fuertes, como cuando lloramos de alegría o nos reímos en momentos de tensión. Y según palabras de la investigadora de Yale, Oriana Aragón, a la revista Psychological Science, esto sucede para ayudar a mantener un equilibrio emocional: "La gente se expresa de maneras contrarias a lo que sienten para intentar recuperar un equilibrio en sus emociones. Suelen producirse estas reacciones ante situaciones que nos sobrepasan de manera positiva, y actuar así nos ayuda a volver a la normalidad emocional de manera más rápida". O sea que si no controláramos así nuestras emociones, ¿qué pasaría? ... Iríamos por la vida ¿descontroladamente felices?

Otra opinión acerca del tema me la dio la psicóloga infantil y orientadora de padres Maritchu Seitún, que destacó que una de las formas de conexión más primitivas que tenemos con el mundo es la boca y explicó: "Los bebés se llevan todo a la boca, por lo que es esperable que ante el tierno amor que despierta un bebé, y ante esa sensación de indefensión y necesidad de cuidados que nos despierta, no me sorprende que se despierte también en nosotros esa forma tan antigua de conectarse y conocer a ese bebé... a través de la boca".
Además, otra justificación para esta conducta nuestra tan extraña de morder a los bebés que encontró Maritchu, es "la tarea adulta de preparar a los bebés para tolerar y procesar estímulos cada vez más intensos y fuertes: morder a un bebé o hacerle cosquillas o tirarlo al aire son ejercitaciones de este tipo. Lo provocan para que vaya perdiendo el miedo, para que vaya tolerando esos estímulos. Es decir que son también ejercicios que tienen un sentido para el fortalecimiento y el desarrollo de la capacidad de regulación del bebé".
¿Quién hubiera dicho? Evidentemente frases tan típicas como "¡Me lo morfo!", "Ese bebé es comestible" o hasta "¡Qué delicia ese gordo!" tienen su basamento científico y psicológico y son expresiones lógicas que equilibran nuestro cerebro. ¡Menos mal! Puedo seguir pellizcando y mordisqueando tranquila los cachetes de mi niño.


Lunes 04 de abril de 2016

domingo, 5 de febrero de 2017

SEXO Y COMIDA

Articulo compartido de "Antropologa de la Luna"
RICA.%20Perspectivas%20desde%20un%20enfoque%20multidisciplinar.pdf

Sexo y comida: ¿y si te como a besos?

 "Las acciones relacionadas con el amor tienen la misma naturaleza que la comida, ya que contribuyen al sostenimiento del cuerpo".  Kamasutra, Mallanaga Vatsyayana S. III d. C.(I, 2)

"El beso es un acto culinario plenamente humano que se comparte. En un beso de 10 segundos se comparten 80 millones de bacterias" cuenta el antropólogo Julián López García.


"Quizá no sea lo más bonito para compartir", explica, "pero está claro que muchas cosas de uno entra en el cuerpo del otro y, mucho antes, la antropología ya decía que en un beso se comparten también valores simbólicos."
"La antropología ha destacado la relación que existe entre los actos de comer y tener relaciones amorosas y sexuales apoyándose en mitos, en rituales y en categorías del lenguaje. En muchas sociedades, la comida, el placer y el sexo están muy estrechamente vinculados. La música sería el tercer elemento para entender la idea de placer: la música frente al ruido, la comida frente al simple alimento, y la sexualidad frente al sexo exclusivamente reproductivo."

Se da una convergencia tan estrecha que se usan con frecuencia como sinónimos, de manera que se habla de apetencia, degustar en ese sentido amoroso sexual y también culinario. "Darse el filete" o "magrearse"... "Echar un polvo" tiene relación con echar levadura en la masa de pan y tiene sentido metafórico: el cuerpo femenino, como la masa, se levanta, se embaraza.


"Está comiendo bien" se dice en argentina, cuando la pareja sexual referida se considera atractiva.

Abundan los ejemplos en otros lugares. Entre los yoruba, por ejemplo, comer y casarse se dicen de la misma manera, a través de un verbo que tiene el significado general de "ganar, adquirir" al igual que el verbo francés "consumir" el matrimonio y la comida. "Enu ko mo mo-je-ri": "la boca no sabe lo que ha comido una vez", dicen sobre la promiscuidad insaciable.

En Sri Lanka, el hecho de que una mujer "haga la comida para un hombre" equivale a afirmar que tienen relaciones sexuales.

En Ghana, según el antropólogo Jack Goody, la palabra "dzi" se usa tanto para comer como para tener relaciones sexuales.

Cuando un aborigen de Australia pregunta "¿utna ilkukabaka?" puede estar preguntando indistintamente "¿ha comido? o "¿ha hecho el amor?" según contexto. Y dicen de una mujer núbil, que no está "madura" o que "está cocida al punto".

En los Andes peruanos, los quechuas dicen de determinados matrimonios que son "chawachan", es decir, "crudos" o "sin cocinar", cuando se han celebrado sin el cortejo o noviazgo previo.

En guaraní, "che ha'u" significa “yo como” y también “yo hago el amor”.

Entre los hua, Nueva Guinea, se da una asociación implícita entre alimentar y tener un encuentro sexual: en ambos casos se dice que uno alimenta al otro, y en ambos casos consiguen transmitir "nu", la esencia vital.

"Las piedras sobre la que se asienta la olla son las nalgas, la marmita es la vagina y el pene el cucharón", escribe Claude Lévi-Strauss sobre algunos pueblos de idioma swahili. "Pasar a alguien por la cacerola", "pasar a alguien por la piedra", dice nuestro lenguaje popular. En Veracruz se dice "echar al plato a alguien". En Francia, "passer à la casserole", pasar por la cazuela a alguien.

"Chao fan" en Taiwan, o freir arroz, para el sexo. Así que si dices "Wo xi huan chao fan" estás diciendo que te gusta el sexo. Para decir que realmente lo que te gusta es el arroz frito, tienes que añadir el "chi" o "comer": "Wo xi huan chi chao fan" (me gusta comer arroz frito).

"Mercimegi firina vermek" poner la lenteja en el horno, turco. 


떡 치기, en Corea, significa golpear a la torta de arroz. Viene del sonido que hace el martillo de madera al hacer pastel de arroz de una manera tradicional.

Para los isleños de Tikopia, se aplican los mismos términos en la sexualidad y en la nutrición. Por ejemplo, cuando se evoca la cópula, se dice que el sexo de la mujer "come" el del hombre.

Entre los Fipas de Tanzania, el sexo está involucrado en el crecimiento y fertilidad de las plantas. La noche antes del día de la boda, marido y mujer tienen sexo. El hombre pasa la noche tocando los genitales de su novia y los suyos. Por la mañana se levanta sin lavarse las manos y pasa a través de un tamiz las semillas con el fin de sembrarlas en su campo. Se sienta con el recipiente entre sus piernas y entra en erección encima de las semillas ordenadas, una sustancia destinada a fomentar el crecimiento de las plantas. Espera que la próxima cosecha sea tan fructífera como su propia fertilidad.

El antropólogo Malinowski contaba que en el archipiélago Trobriand (en Papua, Nueva Guinea) la sexualidad se vivía desde muy temprana edad, pues consideraban que no existía relación entre ésta y los embarazos en las mujeres. Tampoco estaba mal visto tener muchas parejas sexuales antes del matrimonio, aunque sí se consideraba tabú, curiosamente, compartir la comida.

El nyotaimori (japonés 女体盛り, ‘presentación en cuerpo de una mujer’), llamado a veces sushi corporal, es la práctica de comer sashimi o sushi del cuerpo de una mujer, típicamente desnuda. Nantaimori (男体盛り) alude a la misma práctica, pero sobre el cuerpo de un hombre. Esta variante de sitofilia (fetichismo sexual en el que se mezcla el erotismo y la comida) es originalmente una costumbre japonesa.

El viejo cuentista Houndjenoukon Oké, terminó su cuento cantando esta cancioncilla:
 "Segbo-Lisa se hizo leña,
luego, cuando quiso enderezarse,
lo vieron las que tenían pescado, que le preguntaron
cómo se mueven los duros garrotes.
¿Y cómo es posible
que la leña haya quedado sobre el pescado para ahumarlo, eh?"

Cuando Agnès Agboton, cuentacuentos beninesa e investigadora de la narración oral de su país, le escuchó aquel cuento y esta cancioncilla que lo resume, se quedó intrigada. No acababa de entender del todo el significado oculto tras la historia de dos amigas que invitaban a sus compañeros a comer pescado, y una de ellas cantaba esa canción enigmática.

Hasta que por fin dio con la clave:
"Si la leña (convertida en garrote, claro está) es el sexo masculino y el pescado alude al sexo femenino, ¿cómo es posible que la metáfora funcione? ¿Por qué el garrote debe de estar debajo?
No me fue fácil advertir que me las estaba viendo con un choque de arquetipos sociales (¿o sexuales?). En las regiones del golfo de Guinea (e ignoro si en otras partes) se denomina la «posición del misionero» a la cópula efectuada con el hombre sobre la mujer, pero esto se considera entre los honvienu, como el anciano me dio a entender, un modo incompleto de entregarse al sexo, un modo «superficial»: para que el humo penetre bien en el pescado, la leña debe de arder debajo. ¿Pueden entenderlo ahora...? De no ser así, no importa.

—Mi do adjru! ¡Contemos cuentos!
—Adjru uaiii! ¡Los cuentos pasan!*"

Entre los honvienu, un pueblo de la República de Benín, la posición sexual del misionero (hombre arriba, mujer abajo) se considera superficial e incompleta. Dicho de otra manera, según un viejo proverbio de la etnia gun: “Para que el humo penetre bien en el pescado, la leña debe arder debajo”.


 *(El modo en que empiezan siempre los narradores de Benin)

Fuentes:
Claude Lévi-Strauss. "Lo crudo y lo cocido"
Jesús Contreras. "Antropología de la alimentación"
Bronislaw Malinowski. "La vida sexual de los salvajes"
Farb, Peter / Armelagos, George: Anthropo­logie des coutumes alimentaires
http://comeronocomer.es/entrevistas-mitologicas/jesus-contreras-explica-mientras-mastica-un-canelon-tibio-de-centollo-toda
La gourmandise de vivre. David Le Breton.
Claude Fischler. El (h)omnívoro: https://www.google.es/url?sa=t&rct=j&q=&esrc=s&source=web&cd=5&ved=0ahUKEwiW1eLKsMDJAhVCXBoKHTR-D_oQFghDMAQ&url=http%3A%2F%2Fecaths1.s3.amazonaws.com%2Fmetodoscualitativos%2F1263253504.Fischler-Claude-El-H-Omnivoro.pdf&usg=AFQjCNG0UBiG67t_HznQSKaJbIeubg7OAw&sig2=q_x-RmgLY7uc89tBiMHV6A
http://www.lumiere-et-vie.fr/resources/cariboost_files/LV_284_pages_71-79.pdf
http://elcrisoldeciudadreal.es/2014/11/21/64981/sexo-comida-y-amor/
 http://digibug.ugr.es/bitstream/10481/31909/1/REPENSANDO%20AFRICA.%20Perspectivas%20desde%20un%20enfoque%20multidisciplinar.pdf